Amanece, caen algunas últimas sombras, mi única testigo
es esa silueta al fondo, una amiga. Estiro de punta a punta, como queriendo
tocar un pequeño recuerdo que se va en el primer rayo de sol que sale allá a lo
lejos, pero me quedo aferrada a este suelo tan tierno de madera que me ha
cuidado tantos años. Estiro mi cuerpo, mi piel, trueno de pronto, seco, es casi
normal oír como se acomodan mis huesos, mi columna, mi cuello.
Y entonces en mis oídos coloco esta maravillosa
invención, audífonos, suena música, despierta a mi espíritu y no a los vecinos.
Mi amiga sigue mis pasos, se coloca justo de frente a mí, y pum, dentro de mi
surge un pum, fuerte, que explota de tal
manera que sale exasperada una exhalación, mi amiga, esa sombra, ese reflejo
del espejo me hace seguir moviéndome, no me detengo, mi corazón me lleva, sudo,
brillo, salpico, me gusta cómo mi cabello suelto deja escapar prismas de
esfuerzo que lucen flotando en este mi
universo.
Si no me moviera el mundo se detendría. Se acabaría la
gravedad.
Me sujeto a mi propia cintura, me suelto de mis propios
miedos, entonces vuelo, aterrizo suave sobre la duela, ruedo entre acordes de
una banda sonora que me aleja y me acerca, soy mar y son tormenta, soy tantas
cosas y al final una sola silueta, soy una mujer con mirada tierna, me detengo,
me miro en este fiel dictador que es el espejo, me delata, le pregunto, giro mi
cuello, niego, arranco a saltos retrocediendo, si me quedo quieta me muero.
Me suspendo en un salto con mis brazos abiertos, y
entonces la mano del viento me acaricia, me sonroja, ese viento es coqueto, mis
ojos se llenan de cuentos, le cuento, le digo que sin dos no hay versos,
entonces despierto.
Y es que sin danza no hay tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario