miércoles, 26 de septiembre de 2012

AXA


Amanece, caen algunas últimas sombras, mi única testigo es esa silueta al fondo, una amiga. Estiro de punta a punta, como queriendo tocar un pequeño recuerdo que se va en el primer rayo de sol que sale allá a lo lejos, pero me quedo aferrada a este suelo tan tierno de madera que me ha cuidado tantos años. Estiro mi cuerpo, mi piel, trueno de pronto, seco, es casi normal oír como se acomodan mis huesos, mi columna, mi cuello. 
Y entonces en mis oídos coloco esta maravillosa invención, audífonos, suena música, despierta a mi espíritu y no a los vecinos. Mi amiga sigue mis pasos, se coloca justo de frente a mí, y pum, dentro de mi surge un  pum, fuerte, que explota de tal manera que sale exasperada una exhalación, mi amiga, esa sombra, ese reflejo del espejo me hace seguir moviéndome, no me detengo, mi corazón me lleva, sudo, brillo, salpico, me gusta cómo mi cabello suelto deja escapar prismas de esfuerzo que lucen flotando en este  mi universo.
Si no me moviera el mundo se detendría. Se acabaría la gravedad.
Me sujeto a mi propia cintura, me suelto de mis propios miedos, entonces vuelo, aterrizo suave sobre la duela, ruedo entre acordes de una banda sonora que me aleja y me acerca, soy mar y son tormenta, soy tantas cosas y al final una sola silueta, soy una mujer con mirada tierna, me detengo, me miro en este fiel dictador que es el espejo, me delata, le pregunto, giro mi cuello, niego, arranco a saltos retrocediendo, si me quedo quieta me muero.
Me suspendo en un salto con mis brazos abiertos, y entonces la mano del viento me acaricia, me sonroja, ese viento es coqueto, mis ojos se llenan de cuentos, le cuento, le digo que sin dos no hay versos, entonces despierto.
Y es que sin danza no hay tiempo.

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